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El patriotismo cotidiano: lo que une a una nación cuando respeta sus propias costumbres

02/04/2026

Sociedad

Hay experiencias que, sin proponérselo, revelan más sobre un país que cualquier libro de sociología. A mí me ocurrió en mi primer año viviendo en Estados Unidos. Como buen chileno futbolero, esperaba con ansias la final de la Champions League: Liverpool vs Real Madrid, un partido que en Chile paraliza barrios enteros. Revisé los canales y encontré más de una docena de ESPN. Pensé: “Listo, aquí la previa debe ser un espectáculo”. Pero no. Faltaba una hora para el partido y ningún canal transmitía la final. Ni siquiera un panel comentando. Nada.

No voy a hablar de fútbol. Lo importante vino después.

En ese zapping casi desesperado, me encontré con algo que para cualquier chileno sería surrealista: un gimnasio repleto, gradas llenas, gente gritando como si fuera un clásico. En la “cancha”, dos equipos mixtos de cinco personas lanzaban una almohadilla —sí, de esas que usábamos para borrar la pizarra— hacia un cajón con un hoyo al centro. El objetivo era embocarla desde varios metros. ESPN y FOX transmitían eso en vivo, con relatores, repeticiones y público entregado.

Mi hijo, que estaba a mi lado, me miró con cara de “¿qué es esto?”. Y yo pensé lo mismo: esto es como la rayuela.

Seguimos cambiando canales. En otro, un muelle lleno de gente celebraba un torneo donde los competidores debían caminar por un palo inclinado sobre el agua para llegar al final y tomar una bandera estadounidense. El que lo lograba ganaba. La mayoría terminaba con un porrazo monumental. Pero ahí estaban: familias completas, música en vivo, un ambiente festivo. Todo para ver a alguien intentar agarrar una bandera.

Y en otros canales, transmisiones dedicadas exclusivamente al rodeo. No un programa suelto: canales enteros dedicados a ese deporte.

Ahí recordé algo que en Chile generó burlas. Un candidato presidencial propuso, en una de sus campañas, declarar deporte nacional el palo encebado, la rayuela y el rodeo. Lo trataron de ridículo. Lo abuchearon. Y, por supuesto, surgió el prejuicio de siempre: que el que juega rayuela lo hace solo por la “rayuela corta”.

Cinco años después, sigo pensando en esa escena. No por nostalgia, sino porque entendí algo que en Chile solemos pasar por alto: el patriotismo no es un discurso, es una práctica cotidiana. Y esa práctica se expresa en cosas tan simples como defender, celebrar y transmitir las costumbres propias.

En Estados Unidos, incluso los deportes más extraños para nosotros tienen un sentido común compartido: son parte de su identidad. No importa si el juego consiste en lanzar una almohadilla o caminar por un palo resbaloso. Lo que importa es que la comunidad se reúne, celebra, compite, se reconoce. Y lo hace sin vergüenza, sin pedir permiso cultural, sin miedo al ridículo.

Ese patriotismo cotidiano no es un nacionalismo vacío. Es una forma de cohesión social. Es entender que las tradiciones, incluso las más humildes, cumplen un rol: recordar que una nación existe porque comparte algo más que un territorio.

En Chile, en cambio, hemos ido perdiendo esa intuición. Y no por casualidad.

Durante décadas, el progresismo cultural ha instalado la idea de que nuestras costumbres son atrasadas, vergonzosas o derechamente “indignas” de un país moderno. La rayuela es “ordinaria”. El rodeo es “violento”. El palo encebado es “ridículo”. Y así, una a una, las prácticas que daban identidad fueron arrinconadas.

El resultado es evidente: una sociedad que deja de valorar sus costumbres termina perdiendo cohesión. Y cuando se pierde cohesión, se abre espacio para la la fragmentación, el individualismo vacío, la sensación de que nada nos une realmente.

Lo que vi en Estados Unidos me hizo entender otra cosa: el patriotismo no es solo amor a la bandera. Es respeto por quienes construyeron la libertad que hoy se disfruta. En ese país, los veteranos de guerra son tratados con una dignidad que en Chile cuesta imaginar. No porque todos estén de acuerdo con todas las guerras, sino porque entienden que la libertad —esa que permite ver deportes rarísimos en ESPN— fue defendida por personas reales, con nombres y familias.

Ese respeto no es retórico. Es cultural. Es parte del aire.

Y aquí aparece otro punto clave: el patriotismo es incompatible con un Estado que intenta reemplazar a la sociedad. Cuando la comunidad se debilita, cuando las tradiciones se ridiculizan, cuando la identidad se diluye, el Estado moderno ocupa el espacio vacío. Y lo hace con reglas, formularios, discursos y burocracia, nunca con sentido de pertenencia.

Por eso el patriotismo importa. No como consigna, sino como práctica cultural que sostiene la libertad. Una nación que celebra sus costumbres es una nación que no necesita que el Estado le diga quién es.

En Chile, hemos permitido que la élite cultural trate nuestras tradiciones como un estorbo. Y lo más grave: muchos chilenos terminaron creyéndolo. Pero basta mirar hacia afuera para entender que ningún país serio renuncia a sus costumbres. Ninguno. Ni los más desarrollados ni los más poderosos.

El patriotismo no es un lujo. Es un pegamento social. Es lo que permite que un país se mire a sí mismo sin vergüenza. Y es, también, una defensa contra la decadencia cultural que avanza cuando la identidad se debilita.

Lo que vi en esos canales gringos no era un simple espectáculo. Era una lección: una nación que respeta sus costumbres se respeta a sí misma.

Quizás en Chile no necesitamos copiar nada. Solo recuperar lo que ya teníamos y no dejemos que otros nos convenzan de despreciar.