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Familia y cohesión social: una institución atacada

12/08/2025

Sociedad

A menudo se dice que la familia es la célula básica de la sociedad. La frase, de tanto repetirse, ha terminado por sonar a cliché escolar o a consigna de manual antiguo. Sin embargo, las verdades más profundas suelen esconderse detrás de lo que nos parece obvio. Si observamos con detenimiento el panorama actual de Chile y de Occidente, lo que vemos no es simplemente una evolución de las formas de convivencia, sino un asedio sistemático a la única institución que ha demostrado ser capaz de generar ciudadanos estables, responsables y empáticos.

La familia no es una invención del Estado ni una concesión de la ley; es una realidad pre-política. Existía antes de los códigos civiles y sobrevivirá a las ideologías de turno, pero su fragilidad actual no es accidental. Es el resultado de un proceso de decadencia cultural que ha decidido priorizar el deseo individual inmediato por sobre el compromiso a largo plazo, y la autonomía radical por sobre el sentido del deber. Al debilitar los vínculos familiares, no estamos “liberando” al individuo, sino dejándolo huérfano de pertenencia y vulnerable ante las fuerzas del mercado o del poder estatal.

El amortiguador de las crisis

Para cualquier chileno que haya enfrentado la adversidad —desde un terremoto hasta la pérdida de un empleo—, la familia no es un concepto abstracto, es la red de seguridad que responde cuando todo lo demás falla. Es el lugar donde se socializa al ser humano, donde se aprende que los derechos están indisolublemente unidos a las responsabilidades y donde se descubre que el sacrificio por el otro es lo que da sentido a la vida comunitaria.

Cuando esta institución se debilita, los costos los termina pagando el Estado. Una sociedad con familias fragmentadas es una sociedad que requiere más gasto en salud mental, más presupuesto para el sistema penitenciario y más burocracia para suplir la falta de cuidado doméstico. No hay política pública, por bien intencionada que sea, que pueda reemplazar el beso de una madre o la autoridad protectora de un padre. El capital social de una nación reside en la calidad de sus vínculos afectivos, y sin una familia sólida, la cohesión social se convierte en una quimera administrativa.

Es curioso notar que muchos de quienes hoy atacan la estructura familiar tradicional lo hacen en nombre de una supuesta emancipación económica. Olvidan que la estabilidad del hogar es el mayor predictor de éxito en la vida. Un entorno familiar predecible y afectuoso es la base necesaria para que el individuo pueda participar con éxito en un sistema de libertad económica y prosperidad, ya que es en la casa donde se siembran las virtudes de la disciplina, el ahorro y la visión de futuro. Un niño que crece en el caos difícilmente podrá navegar con solvencia en un mundo que exige orden y constancia.

La deconstrucción como programa político

¿Por qué, entonces, existe este interés en relativizar o atacar la importancia de la familia? La respuesta es política y cultural. El individuo aislado es mucho más fácil de gobernar y de transformar en un consumidor pasivo que aquel que está arraigado en una red de lealtades privadas. La familia es una esfera de soberanía que el Estado no puede controlar del todo; es un refugio de valores, creencias y tradiciones que a menudo chocan con los planes de ingeniería social de las élites intelectuales.

Hoy asistimos a un intento de “desfamilizar” la vida. Se busca que el Estado asuma la educación moral de los hijos, que la mediación entre las generaciones desaparezca y que el matrimonio sea visto como un contrato descartable de consumo emocional. Se nos dice que todas las estructuras son equivalentes, ignorando que algunas formas de organización humana producen mejores resultados sociales que otras. Esta negación de la realidad no es neutra; tiene consecuencias directas en el aumento de la soledad, el nihilismo y la anomia que vemos en nuestras ciudades.

La defensa de lo íntimo

Reivindicar la familia hoy es un acto de rebeldía. No se trata de imponer un modelo único con fórceps, sino de reconocer que la estructura que protege la unión estable entre un hombre y una mujer, y el derecho de estos a criar a sus hijos, es el modelo más exitoso que ha conocido la humanidad para garantizar la continuidad civilizatoria.

Esta defensa no puede ser solo retórica. Debe ser propositiva. Necesitamos políticas que faciliten la formación de hogares: acceso a la vivienda, flexibilidad laboral que no castigue la maternidad ni la paternidad, y un sistema educativo que respete la prioridad de los padres en la formación de sus hijos. Si el Estado sigue legislando como si la familia fuera un obstáculo para el progreso, terminaremos construyendo un país de individuos atomizados que solo se encuentran en el conflicto.

La verdadera batalla cultural de nuestro tiempo no se libra solo en los parlamentos o en los medios de comunicación, sino alrededor de la mesa del comedor. Se libra cada vez que unos padres deciden apagar el televisor para hablar con sus hijos, cada vez que una pareja decide perdonarse y perseverar, y cada vez que una familia extendida se organiza para cuidar a sus ancianos. Es ahí, en lo cotidiano y lo íntimo, donde se decide si Chile será una nación con alma o simplemente un territorio habitado por extraños.

El rescate de lo fundamental

No podemos permitir que la familia sea tratada como una pieza de museo o como un privilegio de clase. La estabilidad familiar es, por excelencia, el patrimonio de los pobres. Para quien no tiene grandes recursos económicos, su red de parentesco es su único capital real. Atacar la familia es, en última instancia, atacar la última defensa de los más desprotegidos.

Es hora de dejar de pedir perdón por creer en los valores que han sostenido a nuestras comunidades durante siglos. La modernidad no tiene por qué ser sinónimo de desintegración. Podemos tener tecnología, ciencia y mercados globales, pero seguimos necesitando un hogar al cual volver. Un hogar que no sea solo un techo, sino un lugar donde sepamos quiénes somos y a quiénes pertenecemos.


La cohesión social no nace de los bonos del gobierno ni de los discursos de inclusión forzada; nace del amor y la autoridad que se ejercen en el seno del hogar. Si la familia cae, el resto de las instituciones —la escuela, el trabajo, el barrio— caerán inevitablemente tras ella. Reconstruir Chile pasa, necesariamente, por volver a poner la mesa, por fortalecer los vínculos que nos unen y por defender esa pequeña pero poderosa trinchera de humanidad que es la vida familiar.