Durante mucho tiempo, los sectores dedicados a la gestión, la economía y el orden técnico creyeron que la política era una cuestión de cifras, eficiencia y administración. Se pensó que, si las cosas “funcionaban” —si el PIB crecía y los servicios llegaban a destino—, las ideas que sostenían a la sociedad se cuidarían solas. Fue un error de cálculo histórico. Mientras una parte del país trabajaba en el motor de la nación, otra se dedicaba a reescribir el manual de instrucciones. Hoy, nos despertamos en un Chile donde los conceptos de autoridad, mérito, nación e incluso realidad parecen haber sido vaciados de contenido y reemplazados por una nueva ortodoxia que no admite disidencia.
Aceptar que estamos en medio de una confrontación de visiones de mundo no es un ejercicio de beligerancia, sino de honestidad intelectual. No participar en este debate no nos hace moderados ni neutrales; simplemente nos convierte en espectadores de nuestra propia decadencia cultural. Ignorar que las palabras, los símbolos y los valores están siendo redefinidos desde las universidades, los medios de comunicación y las instituciones públicas es, en el mejor de los casos, una ingenuidad y, en el peor, una renuncia a la libertad.
El mito del “campo neutral”
Uno de los mayores triunfos de las ideologías contemporáneas es haber convencido a la ciudadanía de que la cultura es un terreno neutral donde no pasa nada importante. Se nos dice que la política se limita a las elecciones y a las leyes, mientras que el cine, la educación, el lenguaje y las tradiciones son espacios de “entretenimiento” o de “evolución natural”. Nada más lejos de la verdad. La cultura es el cristal a través del cual interpretamos la realidad. Si alguien logra cambiar ese cristal, puede hacer que lo absurdo parezca razonable y que lo fundamental parezca opresivo.
La batalla cultural no es, como algunos sugieren, una pelea de redes sociales o un intercambio de insultos entre extremos. Es la defensa de los principios que permiten que una sociedad sea libre y próspera. Se trata de decidir si vamos a vivir en una nación que premia el esfuerzo individual o en una que se rinde al resentimiento colectivo; si vamos a valorar la verdad objetiva o si nos someteremos a la tiranía de la percepción emocional. Cuando se permite que la cultura sea monopolizada por una sola visión —generalmente aquella que desconfía de la libertad y de la tradición—, la política y la economía terminan rindiéndose ante esa hegemonía por simple inercia.
La captura de las instituciones intermedias
El avance de esta marea ideológica no ha sido casual. Ha sido un trabajo de décadas enfocado en capturar los espacios donde se forman los ciudadanos del futuro. La escuela y la universidad han pasado de ser centros de búsqueda de la verdad a ser laboratorios de activismo. En este proceso, se ha intentado desmantelar la influencia de la familia y cohesión social, entendiendo que un individuo desvinculado de su núcleo afectivo y de sus raíces históricas es mucho más fácil de moldear por parte de los planificadores sociales.
Al atacar la autoridad de los padres y ridiculizar los valores tradicionales, se crea un vacío que no es ocupado por la libertad, sino por la dependencia ideológica. Una sociedad que no sabe a quién pertenece ni qué valores defiende, es una sociedad que no puede resistir los embates del populismo ni las pretensiones de control del poder central. La cultura es, en última instancia, lo que nos protege de ser simples átomos a merced de las modas intelectuales. Por eso, defender la familia, la libertad de enseñanza y el respeto por nuestra historia no es un acto de nostalgia, sino un acto de supervivencia civilizatoria.
El lenguaje como frontera de la libertad
Si analizamos cómo se libran estas disputas hoy, el campo de batalla principal es el lenguaje. Estamos viviendo una era de manipulación semántica sin precedentes. Se inventan términos para estigmatizar a quien piensa distinto y se retuercen palabras nobles para justificar agendas de control. Bajo conceptos de apariencia inofensiva se esconden, a menudo, mecanismos que limitan la libertad de expresión y la capacidad de juicio crítico.
Quien controla el lenguaje, controla los límites de lo que puede ser pensado. Si no podemos nombrar la diferencia entre un hombre y una mujer, si no podemos distinguir entre una conducta delictual y una protesta, o si no podemos llamar al mérito por su nombre, entonces hemos perdido la capacidad de razonar. La batalla cultural consiste en rescatar las palabras de su secuestro ideológico. Consiste en tener el valor de decir “no” cuando se nos exige aceptar una mentira para no ser señalados por la policía del pensamiento. No es una lucha por la imposición, sino por la recuperación del sentido común.
Este desafío es especialmente relevante frente a la estructura del Estado moderno, que ya no se conforma con administrar los recursos públicos, sino que pretende ser el árbitro moral de la nación. Cuando el aparato estatal pone su inmenso poder comunicativo y normativo al servicio de una sola visión cultural, la libertad individual queda reducida a un pequeño rincón de la vida privada. La batalla cultural es, por lo tanto, el muro de contención necesario frente a un Estado que ha olvidado su vocación de servicio para convertirse en un pedagogo ideológico.
Una propuesta de reconstrucción
¿Cómo se enfrenta una batalla que no pedimos pero que no podemos ignorar? Lo primero es abandonar el miedo. Durante años, gran parte de la sociedad ha callado por temor a ser “cancelada” o por el deseo de ser vista como “progresista” por sus círculos sociales. Esa complacencia es el combustible de la decadencia. El silencio de los sensatos es la victoria de los radicales.
Reconstruir nuestra cultura exige un compromiso activo. No basta con quejarse en la cena familiar; es necesario participar en las juntas de vecinos, en los centros de padres, en las universidades y en la creación de contenidos. Necesitamos artistas que no tengan miedo a la belleza, profesores que no tengan miedo al rigor y líderes que no tengan miedo a la verdad. La cultura no se cambia con leyes, se cambia con ejemplos, con historias y con la defensa diaria de aquello que sabemos que es bueno y verdadero.
No se trata de “volver al pasado”, sino de rescatar lo que del pasado sigue siendo válido para construir un futuro sólido. La libertad, el respeto a la ley, la importancia del esfuerzo, la defensa de la vida y la identidad nacional no son “temas de derecha” ni “temas de izquierda”; son los pilares sobre los cuales se ha construido todo lo que hoy disfrutamos y que a menudo damos por sentado.
El coraje de la claridad
La batalla cultural es, en esencia, una batalla por la esperanza. Si permitimos que el relato dominante sea uno de culpa, resentimiento y división, el futuro de Chile será oscuro. Pero si somos capaces de proponer una visión que celebre la libertad, la responsabilidad personal y la unidad nacional desde nuestras raíces, entonces la cultura volverá a ser un motor de crecimiento y no un lastre.
No es una tarea fácil ni rápida. Es una labor de orfebre que requiere paciencia y, sobre todo, convicción. Pero el costo de no darla es demasiado alto: es ver cómo se marchita la libertad en nombre de una igualdad ficticia y cómo se disuelve la nación en un conjunto de tribus enfrentadas.
La historia no es un camino inevitable hacia la deconstrucción; la historia la escriben quienes se atreven a defender sus valores en la plaza pública. La cultura de un país es su sistema de defensas inmunológicas; si permitimos que se debilite, cualquier virus ideológico podrá acabar con el cuerpo social. Hoy, el mayor acto de patriotismo no es desfilar, sino pensar con claridad, hablar sin miedo y defender, en cada espacio posible, la dignidad del ser humano frente a quienes pretenden reducirlo a una pieza intercambiable de un proyecto estatal.
