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Libertad económica y prosperidad: por qué el mercado funciona

12/04/2025

Economía

En el debate público chileno de los últimos años, parece haberse instalado una desconfianza sistemática hacia los mecanismos que permiten la creación de riqueza. Se habla del mercado como si fuera una entidad abstracta, a veces malévola, que opera en contra de las mayorías. Sin embargo, cuando despejamos el ruido de las consignas y observamos la realidad sin prejuicios, descubrimos que el mercado no es más que el nombre que le damos a la interacción voluntaria entre seres humanos. Es, en esencia, la arquitectura de la libertad aplicada a la vida cotidiana.

La prosperidad no es un estado natural de la humanidad; la pobreza lo es. Durante milenios, la especie humana vivió en una escasez casi absoluta, hasta que logramos dar con una fórmula que cambió el curso de la historia: la capacidad de intercambiar bienes, servicios e ideas en un entorno de reglas claras. Para que este sistema funcione, no se requiere de un planificador central que dicte qué se debe producir o a qué precio, sino de un respeto irrestricto a la propiedad privada, que es la garantía de que el esfuerzo de una persona no le será arrebatado arbitrariamente. Sin ese derecho básico, no hay incentivo para innovar, ahorrar ni construir nada que trascienda el presente.

El orden espontáneo y la sabiduría de la gente

Una de las mayores falacias del pensamiento estatista es creer que una oficina gubernamental puede saber mejor que los ciudadanos qué es lo que estos necesitan. El mercado funciona porque utiliza información que ninguna computadora ni ningún ministerio podría centralizar jamás: los deseos, necesidades y presupuestos de millones de personas que deciden, cada segundo, qué comprar y qué vender.

Este fenómeno, que los economistas llaman “orden espontáneo”, es lo que permite que una feria libre en un barrio de Santiago o una tienda tecnológica en el centro tengan los productos que la gente busca. Nadie obligó al agricultor a sembrar esos tomates ni al transportista a llevarlos a la ciudad; lo hicieron buscando su propio beneficio, y al hacerlo, sirvieron al beneficio de los demás. Esta armonía de intereses es la base de la civilización. Cuando el sistema de precios es libre, actúa como un faro que indica dónde hace falta un recurso y dónde sobra. Si el Estado interviene y apaga ese faro, la sociedad empieza a caminar a ciegas, produciendo lo que nadie quiere y agotando lo que todos necesitan.

En un país como Chile, que ha experimentado tanto el estancamiento como el crecimiento acelerado, deberíamos saber que la apertura al mundo no es un lujo de las élites. El libre comercio es, en realidad, la herramienta más potente que tiene una nación pequeña para acceder a bienes más baratos y mejores tecnologías, permitiendo que el trabajador común tenga un poder adquisitivo que sus abuelos ni siquiera soñaron. Cerrar las fronteras o poner trabas al intercambio solo beneficia a los grupos de presión locales a costa del bolsillo de la inmensa mayoría.

El mercado como sistema de responsabilidad

A menudo se critica al mercado por ser “frío” o “despiadado”. Pero, si lo analizamos con honestidad, el mercado es el sistema más democrático que existe. En una elección política, uno vota cada cuatro años; en el mercado, la gente vota todos los días con su elección de consumo. Si una empresa trata mal a sus clientes o entrega un mal producto, termina quebrando. En cambio, cuando una repartición estatal funciona mal, su solución suele ser pedir más presupuesto, castigando doblemente al ciudadano.

La libertad económica no es solo la libertad de ganar; es también la libertad de fallar y hacerse responsable de esos errores. Esa responsabilidad es la que genera eficiencia. Cuando el riesgo lo asume el privado con su propio patrimonio, se cuida cada peso. Cuando el riesgo lo asume el aparato del Estado moderno, la burocracia tiende a ser negligente porque el dinero que se pierde no es de nadie, o mejor dicho, es de todos los contribuyentes que no tienen voz en ese gasto.

La prosperidad no surge de los decretos ni de la impresión de billetes. Surge del trabajo, del ahorro y de la inversión. Para que un país prospere, necesita que sea más fácil crear una empresa que pedir un subsidio. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a una selva de regulaciones y una carga impositiva que parecen diseñadas para asfixiar a quien intenta levantarse por cuenta propia. No podemos pretender tener un país desarrollado si tratamos al emprendedor como un sospechoso y al burócrata como un héroe.

El mito del conflicto entre mercado y bienestar

Existe la idea de que para que haya bienestar social, el mercado debe retroceder. La evidencia histórica muestra lo contrario: los países con mayor libertad económica son también aquellos donde los más pobres viven mejor, donde hay más protección ambiental y donde la esperanza de vida es más alta. El mercado no es enemigo de la solidaridad; es su principal financista. Sin una economía pujante que genere excedentes, la ayuda social es solo un reparto de miseria a cuentagotas.

La verdadera justicia social no consiste en igualar a todos hacia abajo mediante la coerción estatal, sino en asegurar que el mercado sea realmente competitivo, eliminando los privilegios de los amigos del poder. La colusión y el monopolio no son fallas del mercado, sino fallas de la ley que deben ser perseguidas con fuerza, porque distorsionan la libertad de elegir. Un mercado sano es aquel donde hay competencia real, donde el hijo de un obrero puede desafiar al dueño de una gran corporación simplemente porque ofrece un mejor servicio a un mejor precio.

Para recuperar la senda del progreso, es necesario que volvamos a confiar en el individuo. El éxito de Chile no se construyó desde los escritorios de la capital, sino en las minas, en los campos, en los puertos y en los pequeños locales comerciales que se levantan cada mañana. Esa energía vital es la que hace girar la rueda de la economía y es la que hoy se siente amenazada por una visión política que desprecia la creación de valor y sobrevalora la redistribución de lo que no ha sabido generar.

Un retorno a la sensatez

La prosperidad es el resultado de un delicado ecosistema de confianza. Si las reglas cambian todos los días, si la propiedad se siente insegura y si emprender se vuelve una carrera de obstáculos, el capital —que no es más que ahorro acumulado— se va a otros lugares donde sea bienvenido. Y con él, se van los empleos y los sueños de miles de familias.

La libertad económica no es una ideología de laboratorio; es el reconocimiento de la naturaleza humana. Somos seres creativos, buscadores de oportunidades y protectores de lo nuestro. Un sistema que trabaja a favor de esas tendencias siempre será más exitoso que uno que intenta reprimirlas. No se trata de adorar al dinero, sino de respetar la libertad que el dinero permite: la libertad de elegir dónde vivir, qué estudiar, en qué trabajar y cómo proveer para los suyos.


La prosperidad es una construcción lenta y paciente que requiere años de estabilidad y confianza, pero que puede ser destruida en un par de temporadas de irresponsabilidad política. Al final del día, el mercado no es algo que esté “allá afuera”; somos nosotros mismos intercambiando nuestro tiempo y talento. Entender esto es el primer paso para volver a creer que un futuro mejor es posible, no por gracia de un gobierno, sino por el esfuerzo de una sociedad que se atreve a ser libre.