Existe una sensación térmica en el ambiente que no aparece en los índices económicos ni en las encuestas de aprobación gubernamental. Es una percepción de fragilidad, como si los cimientos que sostuvieron nuestra convivencia durante décadas se estuvieran astillando bajo el peso de una nueva arquitectura ideológica. Lo que hoy llamamos “progresismo” —un término que, irónicamente, sugiere un avance lineal hacia lo mejor— se ha transformado en una fuerza que, en su afán de deconstruirlo todo, parece estar olvidando cómo se construye algo.
Para una nación como la nuestra, que ha sabido de precariedades y de esfuerzos colectivos para superarlas, la cultura no es un accesorio de lujo; es el sistema operativo de la realidad. Cuando ese sistema se corrompe, la nación entera comienza a fallar. No se trata solo de política partidista, sino de una erosión más profunda: la pérdida de los valores compartidos que permiten que un ciudadano confíe en su vecino y que el futuro no sea visto como una amenaza, sino como un proyecto.
El espejismo de la identidad fragmentada
El primer síntoma de esta decadencia es la obsesión por la identidad segmentada. Durante siglos, el esfuerzo civilizatorio consistió en encontrar lo que nos une por sobre nuestras diferencias. Hoy, la tendencia es la inversa. El progresismo contemporáneo ha decidido que nuestra característica más importante es aquello que nos separa: el grupo étnico, la orientación sexual o el nicho de victimización al que pertenecemos.
Esta fragmentación es veneno para la unidad nacional. Cuando dejamos de vernos como compatriotas con un destino común y empezamos a vernos como representantes de colectivos en pugna, la política deja de ser el arte de la negociación para convertirse en una guerra de trincheras. En este escenario, el mérito y el esfuerzo individual quedan relegados frente a la cuota o el privilegio de grupo. Olvidamos que la base de cualquier sociedad que aspira a la dignidad es la libertad económica y prosperidad, pilares que solo se sostienen cuando el individuo es responsable de sus actos y el Estado no se convierte en un árbitro de identidades resentidas.
La decadencia cultural comienza cuando la excelencia se confunde con la opresión. Si exigir rigor en las escuelas es visto como un acto de exclusión, o si la disciplina es tildada de autoritarismo, lo que estamos haciendo es desmantelar las escaleras que permitieron a las generaciones anteriores salir de la pobreza. Una nación que desprecia el conocimiento y el orden en favor de la autopercepción emocional es una nación que se está desarmando a sí misma.
La erosión de las instituciones intermedias
Históricamente, los países fuertes no son aquellos que tienen un Estado omnipresente, sino los que poseen una sociedad civil robusta. Entre el individuo y el poder central existen instituciones que sirven de amortiguador y de escuela de civismo: el barrio, los gremios, las iglesias, las asociaciones vecinales y, por encima de todo, la familia.
El progresismo actual parece ver en estas instituciones un obstáculo para su proyecto de ingeniería social. Al debilitar la autoridad de los padres, al burocratizar la caridad o al politizar las organizaciones locales, se deja al individuo solo frente al poder estatal. La soledad es el terreno fértil para la decadencia. Sin redes de apoyo natural, el ciudadano se vuelve dependiente y manipulable.
Es imperativo entender que la familia y cohesión social no son conceptos conservadores sacados de un manual del siglo XIX; son realidades biológicas y sociológicas que funcionan. Es en el núcleo familiar donde se transmiten los valores que el sistema educativo hoy parece haber abandonado: la lealtad, el sacrificio, el respeto por la palabra empeñada y la compasión real, no la que se exhibe en redes sociales. Cuando el discurso público ataca o relativiza estos núcleos, la nación pierde su brújula moral y el tejido social se desgarra, dejando espacios que rápidamente son ocupados por la delincuencia, el nihilismo y la anomia.
El lenguaje como campo de batalla
La cultura es, ante todo, lenguaje. Y es aquí donde la erosión se vuelve más evidente. Estamos viviendo una era de eufemismos y de censura blanda donde las palabras ya no sirven para describir la realidad, sino para ocultarla. Se llama “intervención” al robo, “disidencia” al vandalismo y “derecho” a lo que a menudo es un simple deseo individual sin contraparte de responsabilidad.
Esta distorsión del lenguaje no es inocente. Quien controla las palabras, controla el pensamiento. Si no podemos nombrar los problemas con claridad, no podemos solucionarlos. La decadencia cultural se manifiesta cuando el ciudadano común tiene miedo de decir lo que ve por temor a ser cancelado o etiquetado por una élite intelectual que vive desconectada de los problemas reales de la calle.
Por eso, lo que muchos desestiman como una simple pelea de redes sociales es, en realidad, una batalla cultural de proporciones históricas. Se trata de decidir si vamos a vivir en una sociedad que premia la verdad y el sentido común, o en una que se rinde ante la narrativa de turno por miedo a la exclusión social. El progresismo ha sabido ocupar las universidades, los medios de comunicación y las instituciones culturales, no a través del debate de ideas, sino mediante la ocupación silenciosa y la imposición de una hegemonía que castiga la discrepancia.
Hacia una recuperación del sentido común
¿Es inevitable esta decadencia? La historia nos enseña que las naciones pasan por ciclos de auge y caída, pero también que la voluntad de un pueblo consciente puede cambiar el rumbo. La recuperación no vendrá de una ley mágica ni de un caudillo providencial, sino de un retorno a lo fundamental.
Recuperar la cultura significa volver a valorar el trabajo bien hecho. Significa entender que la autoridad no es necesariamente autoritarismo y que el orden es el requisito previo para cualquier libertad real. Significa dejar de pedir perdón por creer en la nación, en sus tradiciones y en la posibilidad de un progreso que no implique destruir todo lo que recibimos de nuestros antepasados.
No podemos permitir que el concepto de “progreso” sea secuestrado por quienes ven la historia de nuestro país como una sucesión de injusticias que deben ser borradas. Chile, con todas sus imperfecciones, es el resultado de un esfuerzo colectivo enorme que no merece ser desmantelado por experimentos ideológicos que han fracasado en cada rincón del mundo donde se han aplicado con rigor.
La erosión de una nación es un proceso lento, casi imperceptible al principio, como el agua que socava una roca. Pero llega un punto en que la estructura ya no resiste más. Estamos a tiempo de reconocer las grietas. La cultura es la piel de una sociedad; si dejamos que se marchite, lo que queda debajo es solo el hueso frío de un poder que ya no tiene a quién servir.
La tarea que tenemos por delante es la de la reconstrucción silenciosa. No necesitamos grandes consignas, sino una firmeza serena. La verdadera resistencia a la decadencia comienza en el momento en que decidimos llamar a las cosas por su nombre y defendemos, con convicción pero sin odio, los principios que hacen que una vida valga la pena ser vivida en comunidad. El futuro no está escrito, y la cultura que dejemos a nuestros hijos será el testimonio más fiel de nuestro valor o de nuestra indiferencia.
La salud de una nación se mide por la fortaleza de sus convicciones invisibles. Cuando esas convicciones se disuelven en el relativismo, lo que queda no es una sociedad más libre, sino una más vulnerable ante el caos y la tiranía de lo efímero.
